La tiranía popular

La tiranía popular

“Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante es la elección moral. La maldad tiene que existir […]

“Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante es la elección moral. La maldad tiene que existir junto a la bondad para que pueda darse esa elección moral”.
Anthony Burgess

Ser popular no es más que un espejismo forjado a través de la percepción, que suele mitificar a personajes a partir de sus dichos y no tanto de sus hechos.

En sociedades donde abunda la ignorancia o el sentido crítico, a los sofistas les es relativamente sencillo convencer a partir de un discurso vago, pero que usa palabras claves que enganchan con gente ávida de esperanza, de reivindicación y de justicia.

Este es un mundo de lobos, se sabe, por lo que ir con piel de oveja suele traer rendimientos de popularidad, pues el espectador asume a tal personaje como un valiente que lucha contra un sistema impuesto por los salvajes, por los poderosos, que, en una eterna paradoja, no pueden negar su naturaleza.

Se trata entonces, desde la perspectiva del mártir, de una lucha de uno sola contra la estructura establecida por los menos, que desean ver sufrir a los más.

Y, aceptémoslo, nos gustan los caudillos, los que enarbolan un mensaje revolucionario, radical, que pueda cimbrar las bases.

El problema estriba en que esos sofistas convertidos en caudillos van, por un lado, sumando adeptos que son más advenedizos que convencidos, vulgares ambiciosos de poder cuyo resentimiento suele ser tan grande como su ego, y por el otro, creyendo que su popularidad les blinda de cualquier error, crítica o desliz.

Asumen que el caudillismo les da manga ancha para actuar y señalar a quien deseen: si despedazar al rival suma a la causa, desmembremos a quien se nos antoje, reiteran, total que ya habrá tiempo de limpiar la sangre, aunque sea con las lenguas de nuestros seguidores, que al tiempo van haciéndose fanáticos que actúan como secta.

En un país que intenta desde hace veinte años construir certeza democrática, contar con personajes de este calado no sólo representa un retroceso, sino también un riesgo, pues son quienes suelen servirse de las instituciones para alcanzar sus objetivos y luego, una vez saciados sus bajos instintos, mancillarlas hasta acabar con ellas.

Hoy vemos al presidente López Obrador encabezar un movimiento de lo que llaman “regeneración”, que no es más que un intento de fijar su mensaje en la palestra nacional, de establecer su verdad por encima de cualquier otra versión de la actualidad, de poner a un lado a los buenos (los de su lado) y a los malos, traidores y vendepatrias (quienes osan criticarlo o competirle) por el otro.

El incendio en el mensaje siempre abona a la popularidad entre los pobres, débiles y entre quienes, en efecto, han sufrido por décadas los embates de la economía, la justicia y la misma clase política; lamentablemente esa gente se vuelve parte del inventario de seguidores al creer, con mucha fe, en los caudillos que les endulzan el oído mientras actúan a sus espaldas, mientras, claro, les condicionan la libertad de elegir a la hora de votar.

Hoy, al presidente se les puede caer un tren del metro, presentar fuertes apagones en el servicio de la CFE o batir el récord de asesinatos, al tiempo de tapar los desvíos en la Conade, los pactos cupulares con ex políticos, multiplicar a las mujeres desaparecidas, etcétera, y difícilmente perderá esa popularidad mal habida.

El poder concentrado le permite colocar en las candidaturas a personajes grises, incapaces e incluso acosadores o acusados de violación: no le interesa la capacidad, sólo desea cumplir los tratos previos.

Uno de los resultados de ellos es, sin duda, Alfonso Durazo, quien busca la gubernatura de Sonora gracias al favor de AMLO.

Durazo ha pasado de noche por el proceso electoral, prácticamente sin hacer campaña, dedicado a tejer relaciones y comprometerse a respetar los acuerdos de unas cúpulas rancias que tanto han dañado a Sonora.

El candidato mantiene la idea de que la popularidad de López Obrador lo llevará en volandas hacia la silla de gobernador.

Y es tan probable como peligroso, porque aquel que gana el poder sin empeño, al que le llega a través de anteponer el pragmatismo al deber ser, es un tirano en potencia, que abandona el pensamiento crítico y se entrega a los absolutos.

Aquel que no matiza asume a todos como sus rivales, como los que le quieren despojar de un trono que le esperaba como designio, como si gobernar fuese su destino manifiesto y no el producto de una débil, pero necesaria democracia.

La popularidad no cicatriza heridas, ni es representada por un baño de pureza, bajo ninguna circunstancia confirma ni garantiza bondad, en muchos casos es esa piel de oveja qué usar de acuerdo con la ocasión en este mundo de lobos.

@cmtovar
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César Tovar
Leviatán

César Tovar

Periodista con veinte años de trayectoria en diversos medios del país. Actualmente director editorial de Consorcio Periodístico FEBO.

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