Desarraigados

Desarraigados

Un candidato no es político sólo por postularse a un cargo, así como un gobernante no necesariamente hace política al […]

Un candidato no es político sólo por postularse a un cargo, así como un gobernante no necesariamente hace política al ejercer determinado puesto, al menos si nos atenemos a la acepción de que la política es el arte de resolver los conflictos entre los integrantes de un grupo, que sólo se convierte en sociedad a través de los lineamientos que emanan de tal ejercicio.

El problema es que en México vivimos acostumbrados a que el político más que resolver, genere problemas, algunos triviales, pero todos desgastantes para un sistema que si se mantiene en pie es más por inercia que por desarrollo; vivimos, entonces, bajo un esquema de personas que creen ejercer la política y de otras que asumen que esa pobreza cívica es el deber ser.

De ahí que en cada proceso electoral exista mayor desencanto y desinterés por parte del electorado para escuchar las propuestas de los candidatos, contrastarlas y decidir su voto.

Hoy, lamentablemente, el ciudadano promedio se encuentra más al pendiente de los estrenos del streaming que de los aconteceres de la política local.

Y contra esto nadie abona, mucho menos los partidos, que candidatean a personajes deleznables, unos, e inadecuados, los otros.

Acostumbrados a pagar favores y hacer de las posiciones un bazar para alcanzar el poder y cumplir las exigencias de cúpulas partidistas rancias y anquilosadas, los partidos sólo piensan en su contento.

Para desgracia de Sonora lo dicho ocurre en este proceso electoral con Alfonso Durazo y Ernesto Gándara, dos personajes emanados de la vieja clase política, designados por partidos cuyo pragmatismo ahuyentaría al mismísimo Sanders Peirce.

Si hay algo que ha quedado notorio en estas dos semanas de campañas electorales es que tanto a Durazo como a Gándara les pesa su desarraigo hacia Sonora; suman tantos años fuera de la entidad que hoy se nota su incomodidad al recorrer ciertas zonas y tener que hablar sobre situaciones que desconocen de primera mano.

Si bien lo dicho no es un pecado, ni les prohíbe aspirar a la silla de gobierno, sí dicta una tendencia hiriente: no importa quién, importa el qué.

Basado en ello, ni a Morena, PAN, PRI o PRD les interés si su candidato conoce la Sonora profunda, o si distingue entre regiones mientras les garantice ciertos votos, o se comporte como un monigote al que sólo hay qué decirle qué hacer, qué decir y a dónde ir.

Esto denota un desprecio de esa clase política por la ciudadanía, porque que Durazo no pase de acudir a las urbes estatales, pero que evite los municipios pequeños o las zonas calientes a causa de la delincuencia, o que Gándara opte por mantener un perfil bajo, intentando quedar bien con dios y con el diablo, empapándose en ambigüedad, no es más que el resultado de un deseo por el poder, y no para servir, sino para seguir sirviéndose.

Porque mientras en Cajeme, Caborca o Magdalena la gente teme salir de sus casas, Durazo, que tiene más años en la Ciudad de México que en el estado, se pasea en las zonas acomodadas seguido por su séquito de guaruras, todos ellos marinos de alto rango, una prestación que mantiene pese a ya no pertenecer al gabinete. Así de alejado de la realidad.

No muy lejos está Gándara, dispuesto a todo por agradar a los tres partidos que lo postulan; priista de cabo a rabo, negocia posiciones y favores como si lo público le perteneciera, como si fuese ético desmembrar lo ciudadano para dar de comer a los buitres.

Debieran entender que hacer carrera fuera de Sonora no les convierte en inadecuados, pero lo que sí les pone en entredicho es el desprecio por la inteligencia colectiva: creen que, con hacer un spot con sombrero y mezclilla, o recordar su añeja niñez les arraiga nuevamente, cuando eso se demuestra por la lucha diaria que haces por tu tierra y su gente.

César Tovar
Leviatán

César Tovar

Periodista con veinte años de trayectoria en diversos medios del país. Actualmente director editorial de Consorcio Periodístico FEBO.

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