Migración, aporofobia y la revictimización de los grupos vulnerables

Sociedad

Migración, aporofobia y la revictimización de los grupos vulnerables

La pandemia por el Covid-19 ha desnudado las graves carencias de los gobiernos, y en general de nuestro sistema, para la protección de todos los grupos poblacionales. Dentro de esta lógica, es normal que los más vulnerables- migrantes y personas en situación de calle-queden al margen de las ayudas.

Si uno analiza con cuidado los relatos mediáticos de los tres niveles de gobierno, el mensaje es similar: un lenguaje incluyente que tiene un tope finito a la hora de proponer programas para garantizar las medidas de contingencia en estas poblaciones vulnerables.

Gloria Ciria Valdez Gardea, investigadora por el Colegio de Sonora (Colson), señala que hay una falta de información y datos desde los gobiernos para dar una solución y ayuda a las poblaciones vulnerables.

“Hay muy poca información información sobre la comunidad migrante, en la semana escuché una entrevista con el doctor Jesús Seade (subsecretario para América de Norte de la Secretaría de Relaciones Exteriores) y dijo que no sabia cuántas personas había en las fronteras. Esto es una invisibilización del migrante. El Covid-19 viene a exacerbar la difícil situación que viven y desnuda la pobreza, la inequidad y la necesidad de cambiar el paradigma donde prima la lógica de mercado”.

-Gloria Ciria Valdez

Los flujos migratorios, tanto nacionales y extranjeros, encuentran en Sonora, una ruta de paso fija. Al año, según cifras del INEGI, alrededor de 40 mil personas vienen del sur del país a trabajar a los campos de la costa de Hermosillo. También, con el incremento en los últimos años de la actividad fronteriza estadunidense deportando a personas, ha agravado la situación.

“Se sabe que hay cerca d 60 mil migrantes, mexicanos y centroamericanos que solicitaron asilo a Estados Unidos y refugio en México que están en espera; su vulnerabilidad se exacerba por el Covid-19 y la vigilancia a sus derechos humanos está comprometida. Se le suma a ellos que México aceptó recibir cien personas centroamericanas deportadas diarias de Estados Unidos y no sabemos qué políticas van a tener con ellos, lo que lleva a que muchas de esas personas terminen en la indigencia. El Covid-19 pasa a ser el menor de sus males”.

-Gloria Ciria Valdez

La aporofobia

A todo este contexto de tragedia e incapacidad de un sistema rebasado, se le suma la aporofobia, los discursos discriminatorios que se dan desde la propia confección sociocultural.

Hace unos años, la filósofa española Adela Cortina acuño el término ‘aporofobia´: el neologismo que da nombre al miedo, rechazo o aversión a los pobres y que ha puesto sobre la mesa varios debates de interés social.

César Rodríguez y Romero, especialista en derechos humanos por la Universidad de Guadalajara, señaló que la aporofobia es un reflejo de los temores por perder los privilegios.

“ Me parece que el trato a las personas menos beneficiadas, se arrastra tal vez desde la conformación del México post revolucionario; más que hablar de pobreza, se debe hablar de desigualdad en el acceso a las oportunidades, y en ese sentido la sociedad a olvidado a “los de abajo” recordando a Mariano Azuela, y esta lucha dicotómica entre buenos y malos, desconocimiento y cultura, derecho y privilegio”.

César Rodríguez y Romero

Esta realidad social, angustiante y porosa, tiene sus efectos en situaciones extraordinarias como es la contingencia sanitaria: donde la solidaridad se usa coo discurso programático en vez de realidad rutinaria.

“La aporofobia, está encaminada al temor a la pobreza, y esta a su vez, genera una discriminación… sin duda, es una causante de otras actitudes de discriminación, y hasta de criminalización a la población. Se habla de cambio de dinámicas socioculturales, pero ¿quién las construye? ¿por qué se deben construir? hay muchas preguntas al respecto de este desempeño, sin embargo, todo esto parte de un sistema que recrudece la desigualdad. ¿Qué hacer? atender y fortalecer los servicios públicos, para que el que no pueda pagar servicios privados, cuente con servicios públicos de calidad, en educación, salud”.

César Rodríguez y Romero

En Hermosillo, según cifras del DIF municipal, en 2019, había 875 personas en condiciones de calle, pero que varía debido a la inexactitud en la fuentes de información y a las dinámicas de movilidad de las personas.

La CEPAL le pone números a estos porcentajes:  alrededor de los 44 millones de mexicanos que viven en pobreza multidimensional (es decir con 3 ó más carencias de los parámetros que fija el estudio), 15 millones viven en condición de calle. Esto en un país de 120 millones toma un cariz dramático y expone el fracaso de las políticas públicas sexenales.

“Las personas en situación de vulnerabilidad, se enfrentan a distintos retos, en una sociedad como la mexicana, que se distingue por la desigualdad, ¿cuántas personas pueden solventar sus necesidades, sin acudir a trabajar ? la población que, lamentablemente se encuentra en situación de calle, debe ser atendida por las autoridades. Las autoridades, de forma dolosa se hacen valer del desconocimiento de la sociedad, y cada nivel de gobierno, insiste en culpar al otro de su “ineficaz e ineficiente” labor para atender una crisis, no obstante, la salud, por citar un ejemplo, es derecho humano que en México, se ejecuta como una facultad concurrente, esto es, la federación, los estados, y sus municipios están obligados a emplear medidas para garantizar la salud, ¿cuáles acciones realizan en tu ciudad? Realmente hay pocas acciones y no hay una coordinación entre los niveles de gobierno para atender a la población”.

César Rodríguez y Romero


La teología de los desamparados

Nadie puede negar que la fe siempre nos acompaña en los puntos más bajos de nuestra vida. Es el salvavidas que flota en ese mar de tragedias que constantemente nos rodea.  La idea de un Dios-en su concepción más amplia- está siempre ahí para todo aquel que quiera verlo. Aunque sea para negarlo.

La vida de Juan Carlos, de 64 años, no ha sido fácil, más bien todo lo contrario: sus tragedias lo han marcado hasta el punto de convertirse en un humano trashumante de forma voluntaria. Su renuncia a lo que debería ser la vida-desde una perspectiva occidental- fue en la acumulación de  eventos que lo han dejado con un regusto casi existencialista.

Oriundo de un pequeño ejido en Chihuahua, su infancia la pasó con muchas carencias que se agravaron cuando quedó huérfano de padre. Como suele suceder en esas situaciones familiares, muy pronto encontró que el trabajo dignifica y le da un sentido y un orden a la existencia. Trabajó como albañil por bastantes años hasta que se casó y tuvo a su primer hijo. Apremiado por tales circunstancias decidió brincar la frontera y la vida lo llevó a Virginia, bien adentro en las entrañas del gigante del Norte.

Ahí gozó de la dicha de otros 4 hijos, un trabajo y un hogar, ese concepto por el que tanto luchó por fin lo había alcanzado. A todos sus hijos les dio educación y preparación para que se enfrentaran a ese monstruo que se llama vida.

Tiene un ligero aroma a alcohol, su dentadura, incompleta y carcomida, constantemente se muestra como una ligera advertencia: metáfora de las complicaciones que ha atravesado para llegar hasta aquí. Lleva ya en Hermosillo más de 4 años, ha decidido quedarse aquí porque le gusta el clima y la ciudad. Se vive bien, sentencia con una sonrisa.

Su modus vivendi es sencillo: ha hecho de El Mundito su epicentro y desde las 5 de la mañana espera afuera de las instalaciones de un periódico de la capital para que le regalen algunos periódicos y salga a venderlos. La ganancia es enteramente de él. Dice tener clientes en La Matanza donde todas las mañanas vende esos periódicos. El resto del día camina un poco aunque no muy lejos, a veces se compra algo de alcohol y depende de cuánto tomó, para las 6 de la tarde espera a ver si pasa los filtros del albergue para dormir en una noche. Le cobran 20 pesos y le dan cena y desayuna a las 4:45 de la mañana.

Tiene como plan a futuro volver a su pueblo en Chihuahua aunque no se le ve con apuro por llevarlo a cabo. Habla con orgullo de sus 4 hijos que se quedaron en Estados Unidos mientras remoja sus labios con su lengua.

De su pantalón saca una pequeña Biblia y dice que ha renegado mucho de Dios, cita algún pasaje donde Jesucristo ha dicho que quien lo negué tres veces, junto con el canto del gallo negro, está en camino a su redención.

“Lo he negado porque siempre he sido así.  Y lo seguiré haciendo”. Un creyente descreído que está más allá del bien y del mal. Dios, para Juan Carlos es más que un concepto, es la antítesis de su identidad.

“Yo vengo de abajo”, dice con sonrisa burlona y mirada avispada mientras su dedo índice apunta el suelo.  “¿Y quieres saber por qué?” inicia su soliloquio: “después de vivir mucho tiempo en Virginia, de tener mi casa y mi familia, me regresé a Chihuahua con mi esposa y mi hijo menor de 7 años”.

“Un día les presté el carro para que fueran a visitar a la madre de mi esposa y un camión los mató”, comenta con una voz en pleno frenesí. “Los mató”, repite con la secreta sensación de que sólo está contando un mal sueño.

Ese fue su punto de quiebre, la tragedia que acapara todos los males de su presente y la que le arrebató la idea de un futuro. Un accidente mortal que se llevó a su esposa y a su hijo menor de apenas 7 años. La consumación de que todo es algo fortuito, sin sentido, un mero juego de espejos que refleja sus tragedias en cada uno de nosotros.

En algún momento posterior a su particular drama familiar, Juan Carlos pasó a convertirse en uno de esos personajes que describe Cioran en sus aforismos: un pesimista lúdico. Su lucidez es manifiesta y es capaz de hablar en un inglés refinado en su estructura pero siseado por el alcohol. Se levanta la camiseta y enseña una cirugía que le cruza el costado izquierdo. Deja entrever que le quitaron algún órgano aunque no atina a especificar. Dice que sólo se concentra en vivir y que la muerte lo tiene sin cuidado, ha perdido todo: los miedos y las dichas, las tristezas y las alegrías. Su vida es la de un extranjero en su propio cuerpo con la ferviente urgencia de volver a comprar una botella de alcohol que lo mantenga en ese estado de enajenación: sentir es un pecado teológico.

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