La dieta neoliberal, la imposibilidad de comer bien

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La dieta neoliberal, la imposibilidad de comer bien

Comer sano. Comer bien. Comer orgánico. Healthy, fitness, gluten free, grasas buenas. Todo está muy bien y es algo a […]

Comer sano. Comer bien. Comer orgánico. Healthy, fitness, gluten free, grasas buenas. Todo está muy bien y es algo a lo que todos deberíamos aspirar; después de todo, estamos en un país que rivaliza con Estados Unidos en los índices de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares: según las cifras del Instituto Nacional de Salud Pública, la obesidad y la diabetes están presentes en el 33% de la población infantil y en el 72.5% de la población adulta, siendo la causa mayor de mortalidad en México con el 39.8%.

Esto llevó a que los institutos de salud del Estado la declararan como un tema epidémico. Ante estas alarmantes cifras, cabe preguntarse: ¿qué es lo que ha hecho al mexicano ser tan desprolijo en su alimentación? La respuesta es compleja y multifactorial, pero buena parte de ella podría ser resumida en una palabra: Neoliberalismo.

Es cierto que en estos tiempos de polarización en el escenario político, el neoliberalismo se ha convertido en la respuesta para todos los males, pero, permítanme aconsejarles que salgamos un poco de ese teatro del absurdo que es la política mexicana y centrarnos en este tema: el neoliberalismo como sistema es el que prima a las grandes corporaciones sobre el bienestar común de las personas que componen a una nación. De ahí que las reformas, a nivel mundial, laborales, de educación, de salud y en general de políticas públicas tengan una tendencia tan marcada en favorecer los intereses de los grandes corporativos, creando una mayor brecha de desigualdad social.

No se trata de querer sino de poder

Desde los discursos dominantes nos han querido imponer que comer bien es una cuestión de voluntad, un ejercicio individual de querer: la realidad es que comer bien y sano sale caro en México y eso en un país con índices de pobreza tan altos, es fatal. No es casualidad que en las comunidades más marginales y vulnerables se consuma más coca-cola que agua. O que salga más barato comer en un Mcdonald’s que en una fondita.

La línea histórica

En su artículo “La dieta neoliberal”, el autor Javier Calvillo hace una retrospectiva histórica acerca de cómo ha cambiado la alimentación de la humanidad en las últimas décadas bajo el manto sistémico del neoliberalismo: “Es a partir del neoliberalismo, cuando las corporaciones comenzaron a dominar el Estado bajo la consigna de que el mercado se regula a sí mismo(…) Es el período de Ronald Reagan y en la Inglaterra de Margaret Thatcher donde se empieza a promover una dieta obesogénica. La dieta neoliberal está basada en alimentos con altas cantidades de azúcar y endulzantes, grasas y sal además de una miríada de ingredientes sintéticos como colorantes, saborizantes, conservadores, espesantes, etc., muchos de ellos derivados del petróleo, Fue así que los alimentos fueron sustituidos por productos comestibles cuya función no es alimentar, si no ser hiperpalatables. Esto tiene el objetivo de lograr que sus productos se consuman cada vez más y con ello aumentar sus ventas(…)”.

Políticas públicas: el complejo entramado para revertir

El académico Gerardo Otero, recientemente publicó su libro de investigación “ The Neoliberal Diet: Healthy profits, unhealthy people” donde señala que son las políticas públicas del pasado las que nos han traído hasta estos tiempos de crisis, focalizado en Estados Unidos y México. En su libro, Otero señala que las políticas públicas y la mano invisible de los grandes empresarios han hecho que desde los procesos de agricultura y ganadería, hasta cómo se procesas, envasan, distribuyen y se publicitan los “alimentos” se ha erosionado la percepción crítica de la gente. El etiquetado, la falta de educación alimenticia, la precarización de las condiciones laborales y sociales, nos han llevado a esta epidemia.

¿Y qué podemos hacer?

Es difícil dar solución a un problema sistémico si el Estado mismo ha fallado en sus decisiones, sin embargo, la información es poder y crear hábitos de alimentación sanos, aprender a cocinar y activarse físicamente son buenas respuestas ante este problema. Educarse en saber comer: saber leer los etiquetados, lograr crear una dieta balanceada alejada de los azúcares y las grasas, al menos en exceso y eficientar la relación costo-calidad y sobre todo, exigir al Estado mejores políticas que permitan eliminar los efectos nocivos de este sistema que nos ha alejado de alimentarnos como debemos.

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