La Mansión de los caídos…

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La Mansión de los caídos…

El periplo por el que atraviesan las personas en condición de calle es infinito. Por eso, en ocasiones, hacen gala de un ingenio sin igual para sobrevivir.

Las ventanas rotas, las puertas derruidas, una maleza que ha crecido como metáfora del abandono. Las escaleras parecen un monumento destruido en alguna guerra. Las paredes desteñidas, casi como un caparazón resquebrajado. Se trata de una especie de mansión en ruinas enclavada en una de las colonias de más caché en Hermosillo.

Ahí, como sombras y fantasmas, habitan personas en condición de calle. Hombres, en su mayoría, a los que el relato de la modernidad y del progreso los ha abandonado. Y esa mansión, casi derrumbada, se ha convertido en un techo para ellos, un hogar donde han creado una sociedad ambientada en otros paradigmas, ajenos al que tenemos la mayoría.

Amparados a su propia suerte, a sus vicios, a sus pasados tenebrosos (bien decía Emile Cioran que no se debe observar mucho tiempo al pasado pues quien lo haga corre el riesgo de quedarse estático), las personas que viven en la indigencia han tenido que crear sus propios códigos de conducta, sus valores que muchas veces antagonizan con ese ideal modernista de la sociedad; en suma, han construido una estructura perpendicular  para sobrevivir.

Román, Alejandro y otro joven más que se hace llamar ‘el negro’, están en lo que debería ser la sala y hoy es un cuarto descarnado, erosionado por el tiempo. Un olor amargo y profundo se apodera de toda la casa. Son jóvenes que rondarán los 25-35 años. Adictos a algo, no quieren decir qué, y que han encontrado en esta casa un pequeño oasis donde protegerse de la inclemencia del clima, de la violencia-simbólica y real-.

Cadena de prejuicios

Román, sale temprano a recorrer las calles del centro. Su trabajo es limpiar vidrios o carros, ofrecer sus servicios para barrer algún patio, aunque comenta, pocas veces hay suerte.

“Mira cómo me visto, la gente me saca la vuelta”. Hay una cadena de prejuicios. La indigencia es uno de los fenómenos más complejos en occidente y ha puesto sobre relieve el desfase del sistema en el que vivimos.

Para definir qué es la indigencia habría que ir a diversas fuentes: desde la socióloga holandesa, Sassia Sasken quien advierte de una alarmante tendencia de las sociedades modernas a excluir a las personas que no le representan una utilidad tangible (es decir, que no se alineen a los cánones de la vida pre-establecida) hasta lo que la académica María Carretero Rangel acuñó como elhumano trashumante’.

Las diversas instituciones gubernamentales hacen gala de una completa falta de comunicación entre sí y los planes que se desarrollan son a menudo superficiales, atacan las necesidades inmediatas pero sin buscar cambios realmente estructurales para evitar esta condición.

Ocurre en la naturaleza humana que ante la precariedad nace el ingenio. 

Simulacro s de mensajes

Las casas abandonadas se antojan como un pequeño oasis en el trágico devenir de las personas nómadas. Existe una casa, ubicada en la colonia Centenario que alberga a tantos como pueden y esa mansión, arquitectónicamente ostentosa, ha pasado a ser una especie de comuna surreal, casi anacrónica.

En el interior, había simulacros de mensajes, escritos con plumón negro (o quizás chinola):

“Vengo al rato, dejé mis cosas en el cuarto de arriba”. 

“Fui al Centro, vengo mañana”.

O mensajes de otra índole, amenazadores y subyugantes, como una declaración de principios:

“Autoguardia del Carmen. No te metas con nosotros que nosotros (sic) no andamos con juegos”.

Nos recibe un hombre que lleva un jersey de los Dallas Cowboys. Le queda infinitamente grande, como un camisón que usaban las mujeres de antaño cuando ya se iban a dormir. Nos invita a pasar al patio (el interior de la casa está prohibido, la luz mortecina que entra por los huecos de las ventanas rotas le da un aspecto lúgubre, casi funerario). En el patio nos espera Alejandro.

Nos ve a los ojos y empieza esa liturgia edulcorada: “¿Por qué están nerviosos? No les haremos nada”, dice con una voz serena y firme. No encuentro una velada amenaza en sus palabras ni en su tono, pero sé que es uno de los códigos que tienen ellos: la idea de la violencia sobrevolando como el método-quizás el más eficaz- para darse a conocer, para gritarle al mundo que no los olviden, que no son fantasmas ni parias.

Surge desde las entrañas de todos los que estamos en esa mansión como invitados, el concepto que acuñó la investigadora española Adela Cortina como aporofobia, es decir, el miedo que registra la población económicamente activa hacia los desposeídos que carecen de recursos monetarios.

Llegan a esta casa erosionada por el tiempo entre 2 y 3 personas por noche, algunos se van, otros se quedan. Es un parada obligatoria para el descanso y la tranquilidad. No están exentos de brotes de violencia, finalmente, hay un ejercicio mórbido por la supervivencia.

Hace 5 años, esa casa también servía como refugio anónimo. Dos años estuvo clausurada, pero el paso del tiempo volvió a convertirla en un refugio. Román señala que ojalá volvieran esos tiempos, donde había una verdadera comunidad. Una especie de comuna. Ahora, hay más problemáticas.

“Tenemos que andarnos cuidando, porque luego llega otra gente y viene a pelear y por eso a veces nos tenemos que ir un tiempo. Nos tenemos que ir a otras partes, lejos, para no caer en esas peleas”, relata.

Es otro día más en la existencia de las personas que han sido abandonadas por una sociedad enmarcada en una idea vacía de progreso.

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