El duelo y sus laberintos

La antropóloga y ensayista, Natalia Mendoza Rockwell, habla en exclusiva para Diario valor acerca de su triunfo en el Premio José Revueltas.

La antropóloga y ensayista, Natalia Mendoza Rockwell, habla en exclusiva para Diario valor acerca de su triunfo en el Premio José Revueltas.

Su libro de ensayos “El extravío de los signos” ha sido galardonado con e prestigioso premio José Revueltas. La sonorense Natalia Mendoza Rockwell emprendió un viaje denso, sentido y literario para hablar del panorama de la violencia en México y en Sonora y sus distintas aristas.

1.- ¿Cómo fue el proceso de escribir “El extravío de los signos”, que tengo entendido que abordas el tema de las desapariciones en México, un tema tan lacerante en la actualidad del país, sobre todo, cómo es tu decisión para enfocarlo de cara a un ensayo?

Cada uno de los ensayos en esta colección tiene su historia, pero la preocupación que tienen en común es la idea de que es imposible pensar el porvenir sin llevar a cabo un duelo y un proceso de elaboración simbólica de la violencia de la última década. Es necesario localizar y dar sepultura a todos los muertos, pero también darle un sentido colectivo a tanta violencia. Detrás de eso que llamamos “crimen organizado” hay una transformación social masiva que todavía no logramos entender, ni siquiera narrar de manera auténtica.

2.- Las entrevistas con los colectivos de madres buscadoras-que según vi en Twitter les diste las gracias- ¿qué rol les das en esta dinámica que vive el país? ¿son herederas de Las madres de Mayo en Argentina?

La primera vez que escribí sobre desaparición forzada fue en 2012, cuando pude conocer a los colectivos de búsqueda de Mexicali y Tijuana. En Sonora acababa de ocurrir el asesinato de Nepomuceno Moreno y no había colectivos de búsqueda. No fue sino hasta 2018 que empezaron la búsqueda de desaparecidos volvió a cobrar fuerza. En el último año, Cecy Patricia Flores Armenta, líder de las Madres Buscadoras de Sonora ha formado comités en decenas de municipios que han logrado localizar casi doscientos cuerpos. Más que entrevistarlas, he procurado acompañarlas en las búsquedas y escuchar sus historias. En mi familia también tenemos cuatro desaparecidos.

A veces se reduce la importancia de los colectivos de búsqueda a una cuestión psicológica, como si se tratara simplemente de encontrar la paz individual. En El extravío de los signos intento mostrar que el proceso de búsqueda y duelo de los desaparecidos tiene implicaciones políticas sumamente potentes, más allá de su dimensión psicológica. Lo que está en juego es nada menos que la posibilidad de pensar un futuro más allá de la violencia. Un asunto particularmente complicado porque, a diferencia de lo que sucedió en Argentina, la violencia mexicana no se puede asociar a un régimen o ideología política, es un proceso social mucho más complicado y difícil de nombrar.

3.- Ganar el Premio José Revueltas es como una de sus sincronías que le gustan a la vida, que decía Borges-, Y aquí corrígeme si estoy mal, pero tu padre fue amigo de José Revueltas y mencionas que fue como un tío para ti. ¿Cómo ha sido llevar esta “circularidad”/casualidad?

Es una sensación muy extraña, que me obliga a pensar en los vínculos que se crean entre las generaciones y entre vivos y muertos. Revueltas murió algunos años antes de que yo naciera, pero ha sido siempre una figura importante para mi. Mi padre me ha contado tantas anécdotas de él que casi siento como si lo hubiera conocido. Estoy convencida de que él habría visto la importancia histórica de un movimiento como el de las madres buscadoras y quiero pensar que compartiría algunas de las ideas que planteo en “El extravío de los signos”. “El luto humano”, una de sus novelas, me acompañó durante la escritura de estos ensayos y creo que plantea un problema similar pero el contexto de la Revolución mexicana: ¿cómo darle un sentido histórico al sinsentido de la violencia? ¿cómo puede la violencia dejar de ser la repetición de un gesto mecánico y convertirse en una fuerza de transformación social?

4.- En tu tesis “conversaciones con el desierto”, hablas acerca de los impactos culturales y rutinarios del narcotráfico, saliéndote de esa narrativa hegemónica de los grandes arquetipos (los grandes capos, las faraónicas acciones que han ido enclavándose en el conciente popular), para aterrizarlo en la cotidianidad. A bastantes años de tu tesis ¿qué es lo que ha cambiado?

La transformación más importante es por supuesto la violencia, que en Sonora, como en el resto del país, se desata en 2006. En 2005, cuando hice el trabajo de campo para “Conversaciones en el desierto”, los muertos se contaban con lo dedos y había un solo desaparecido en Altar. En cambio, en las semanas recientes se han reportado docenas de muertos y desaparecidos en la región. Otra cosa que ha cambiado es que en aquellos años existía todavía la figura del narco como aquel que había empezado desde abajo y ascendido rápidamente. Cada año había un “nuevo narco del año”. En cambio ahora esa forma de movilidad social ya no existe, si los jóvenes ingresan a esa economía es como “puntos” o “sicarios” asalariados, no como empresarios del contrabando. El narcotráfico dejó de ser ese campo abierto en el que muchos probaban suerte y se convirtió en una actividad totalmente monopolizada por grupos profesionales. Ya casi no hay narcos “amateur” como antes, esos que alternaban el contrabando con otras actividades económicas. También hubo un cambio muy claro de generación, a nivel local, la economía de la violencia está controlada por jóvenes y muchos de ellos mueren violentamente antes de hacerse adultos.

5.- Las desapariciones forzadas en México y en Sonora van, inevitablemente enlazadas con el fenómeno del narcotráfico ¿cómo escribir de dos fenómenos que van tan ligados aunque representen dos polos conceptuales tan distintos? ¿Hay algo de eso en “El extravío de los signos”?

Sin duda hay un vínculo muy claro entre narcotráfico y desaparición forzada, pero creo que a veces la obsesión con el narcotráfico no impide ver todas las otras causas detrás de la violencia y de la desaparición forzada en particular. Las víctimas pueden ser migrantes, mujeres, trabajadores de una mina, periodistas, defensores de los recursos naturales. Y los victimarios pueden ser narcos, policías, militares, etc. Lo hemos visto. Incluso los enfrentamientos entre organizaciones criminales que resultan en muertes y desapariciones no siempre se derivan de una lucha por el control del tráfico de drogas. Las bandas que se enfrentan ahora en Altar y Caborca han diversificado sus intereses: controlar el cobro de cuotas a migrantes, el robo de oro a la mina La Herradura, el cobro de cuotas a los pescadores del Desemboque, etc.

Los protagonistas de esos enfrentamientos más que “narcos” son “sicarios”, es decir, su principal negocio es la violencia misma, el control de un territorio y el cobro de cuotas. En El extravío de los signos hablo sobre esos empresarios de la violencia y la forma en que a través de corridos y narraciones han creado una ideología que los prepara para morir o dar la vida.

6.- Siempre te has mostrado orgullosa de tus orígenes en Sonora ¿es también una postura frente al centralismo cultural que vivimos en México?

Definitivamente creo que el centralismo cultural de México es un asunto sumamente grave, no solo porque sesga el acceso y la validación cultural, pero sobre todo porque empobrece el pensamiento y la producción de ideas en todo el país. Estoy convencida de que los centros culturales padecen de una cierta ceguera, hay cosas que solo se pueden ver y pensar desde las “periferias”. Sonora es un lugar que nos interpela con preguntas y experiencias particulares que en otros lugares aparecen desvanecidas, y por lo tanto hay ciertas ideas que solo pueden nacer aquí. Esas particularidades van desde la naturaleza y el paisaje —que en Sonora están siempre en primer plano— hasta la frontera y los procesos culturales y económicos que desata. Se me ocurre también el tema de la soledad y las vidas solitarias, que es una experiencia profunda de la vida rural sonorense, desde los ranchos hasta los campamentos de gambusinos. Pensar desde Sonora supone también revisar una historia de violencia, despojo y devastación del medio ambiente que se esconde bajo de una ideología ranchera de conquista. Sus efectos resultan obvios en las comunidades indígenas fronterizas, por ejemplo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *