El cine, el mezcal y la mexicanidad: A 117 años del Indio Fernández

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El cine, el mezcal y la mexicanidad: A 117 años del Indio Fernández

El brillante cineasta mexicano Emilio “El Indio” Fernández, nació el 26 de marzo de 1904, sus últimos días estuvieron llenos de nostalgia; anhelaba aquellos días de gloria

Hay una nostalgia inmensa en la búsqueda de nuevas figuras en la cultura mexicana. Un vacío marinado en la posmodernidad nos hace voltear con un leve regusto anacrónica a esos tótems de la mexicanidad que marcaron nuestra generación: José Alfredo Jiménez, Javier Solís, Frida Kahlo, Diego Rivera…figuras del período posrevolucionario que quizás no tendrían cabida hoy pero que se convirtieron en arquetipos del ‘deber ser’ mexicano.

Una de esas figuras, es la de Emilio Fernández Romo, mejor conocido como el “Indio” Fernández, uno de los directores más prolíficos de la historia nacional y que con sus obras modeló la época de oro, con la construcción y tejido de un discurso nacionalista, de unidad, pero también revolucionario a su propio modo con la estética y las formas de presentar las historias.

Atendiendo a su construcción autobiográfica y legendaria, que es una y muchas a la vez, Emilio Fernández Romo nació el 26 de marzo de 1904 en Mineral del Hondo, Coahuila. “Soy coahuilense, amo a mi tierra porque nací aquí, y conozco lo que es la sequía, lo que es la erosión, lo que es la pobreza. Coahuila es México, pero México en su dolor”.

Hijo de un general villista y una indígena kikapú, decía haberse integrado a la lucha revolucionaria con apenas 10 años: “Yo fui el niño más feliz del mundo, no tenía que ir a la escuela y tenía un caballo y un rifle de verdad”. Apoyó a Adolfo de la Huerta contra el gobierno de Álvaro Obregón y fue encarcelado en Santiago Tlatelolco, de donde escapó para exiliarse en Estados Unidos.

Recorrió aquel país trabajando en el campo y en la industria. En Chicago se cruzó con el famoso capo Baby Face y con el actor Rodolfo Valentino quien le dijo: “Mira, voy a ir a Nueva York, a mi regreso te voy a llevar a Hollywood”. Valentino murió en Nueva York pero El Indio acompañó sus restos de vuelta a California para alejarse de la mafia. Ahí se integró a la industria fílmica como extra, bailarín y doble de acción; conoció estrellas, aprendió el lenguaje del cine y —aunque nunca lo mencionó— posiblemente modeló para la estatuilla del Óscar.

Con aquellos que se convierten en mitos y leyendas, ya no se puede comprender a conciencia la frontera que va de la realidad a la ficción, de la hiperbolización de alguna anécdota a una exageración o mentira. Pero el Indio Fernández parecía salido de la mente febril de la literatura revolucionaria: Amante del mezcal, las mujeres y el cine.

María Félix en Río Escondido

Tras un consejo del ex presidente Adolfo de la Huerta, a quien reencontró exiliado en Hollywood, decidió convertirse en director: “Aprenda usted a hacer cine y regrese a nuestra patria con ese bagaje. Así podrá expresar sus ideas a miles de personas”.

De regreso en México, Fernández se integró a la industria fílmica como actor, al poco tiempo como guionista y más tarde como uno de los directores más destacados. En 1943, esa explosión de mexicanidad que conocemos como “el cine del Indio” se consolidó al conformarse un equipo en el que participaron el escritor Mauricio Magdaleno, el cinefotógrafo Gabriel Figueroa y los actores Pedro Armendáriz y Dolores del Río. Un equipo que dominó la industria e instauró cánones a generaciones enteras.

María Candelaria

El Indio nunca dirigió una película en la que no aportara su particular forma de ver el mundo. Sin embargo, su empecinamiento estilístico lo fue marginando cada vez más. Aún así, criticó siempre la política de “puertas cerradas” que mantenía la sección de Directores del STPC (Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica) y aplaudió el Primer Concurso de Cine Experimental que, en 1965, permitió debutar a nuevos directores.

Como en Hollywood tenían a Ford, Peckimpah, y luego al maestro de los géneros, Billy Wilder, México contaba con el Indio Fernández.

La generación que emergió en la década de 1960 vio en la retórica del Indio Fernández un blanco fácil, calificaron su cine de demagógico, artesanal y anacrónico. Pero es ese estilo —espoleado hasta la agonía— lo que explica su inmediata popularidad y su posterior consagración. Emilio Fernández falleció en la Ciudad de México el 6 de agosto de 1986, dejando atrás una obra extraordinaria, potente y sincera hasta en sus últimas parodias autorreferenciales.

La estética de Fernández era muy pulida y su discurso era señalado como propaganda nacionalista.

Pero nada es para siempre. Y la decadencia de la industria cinematográfica le fue pegando a él. Se convirtió en metáfora de esa ruptura y se fue convirtiendo en un reloj de arena.

Le tenía un amor desbordado al cine, también al brandy y a un morral que siempre llevaba consigo. El cineasta mexicano, creador de joyas cinematográficas como “Flor Silvestre”, “María Candelaria”, “Bugambilia”, “Río escondido” y “Maclovia”, frecuentaba el restaurante de los estudios Churubusco, donde en sus último años de vida renegaba de los cambios en la industria, hacía corajes y echaba maldiciones, pero también esperaba regresar a hacer más cine; el tiempo ya no le alcanzó.

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